Me pregunto qué va a ocurrir de aquí a 2012, esto es, cómo vamos a llegar a la próxima elección presidencial y qué suerte de país recibirá el futuro presidente de la República. La cuestión es bien importante porque no creo que a ninguno de los actuales gallos de la oposición interese que le dejen una nación en ruinas. Desde luego, hay signos clarísimos de una recuperación económica y el resurgimiento de Estados Unidos (de América) podrá disfrazar, por lo menos en lo inmediato, los terribles impedimentos estructurales que tenemos para desarrollarnos de verdad y devenir en una economía moderna.
Dicho en otras palabras, ¿hasta cuándo o, más bien, qué tanto se puede estirar la liga en ese maquiavélico juego de mientras peor le vaya a México mejor me va a mí que tan gustosamente practican nuestros politicastros? Porque, es cierto que a Calderón le pueden salir aún más mal las cosas pero, por favor, mientras más nos hundamos como nación peores, y mucho más amargos, tendrán que ser los remedios para salir del hoyo.
El indiscreto micrófono de un periodista registró que a Rayito no le importaba demasiado la ruina absoluta de Pemex porque él, llegado al poder, iba a ejercer de gran salvador de la patria (incluidos en este concepto, naturalmente, las empresas paraestatales, el IMSS y, de paso, el tesoro público que —aunque ustedes no lo crean porque todavía se tapan algunos baches en las calles y se surten ciertos medicamentos en los hospitales públicos— enfrentará una terrorífica falta de recursos). Esta visión cataclísmica, sin embargo, supone que el encargado de deshacer el nudo tendrá los mismos poderes mágicos que se requerirían, ahora mismo, para cuadrar las finanzas públicas a punta de ahorritos, austeridades nunca vistas y meros descuentos a los salarios de los funcionarios. Rayito no tuvo oportunidad de aplicar estas maravillosas recetas pero Peña Nieto, si llega, tendrá que hacer auténticos milagros para sacar al buey de la barranca. ¿No sería mejor que coopere desde ahora?
Dicho en otras palabras, ¿hasta cuándo o, más bien, qué tanto se puede estirar la liga en ese maquiavélico juego de mientras peor le vaya a México mejor me va a mí que tan gustosamente practican nuestros politicastros? Porque, es cierto que a Calderón le pueden salir aún más mal las cosas pero, por favor, mientras más nos hundamos como nación peores, y mucho más amargos, tendrán que ser los remedios para salir del hoyo.
El indiscreto micrófono de un periodista registró que a Rayito no le importaba demasiado la ruina absoluta de Pemex porque él, llegado al poder, iba a ejercer de gran salvador de la patria (incluidos en este concepto, naturalmente, las empresas paraestatales, el IMSS y, de paso, el tesoro público que —aunque ustedes no lo crean porque todavía se tapan algunos baches en las calles y se surten ciertos medicamentos en los hospitales públicos— enfrentará una terrorífica falta de recursos). Esta visión cataclísmica, sin embargo, supone que el encargado de deshacer el nudo tendrá los mismos poderes mágicos que se requerirían, ahora mismo, para cuadrar las finanzas públicas a punta de ahorritos, austeridades nunca vistas y meros descuentos a los salarios de los funcionarios. Rayito no tuvo oportunidad de aplicar estas maravillosas recetas pero Peña Nieto, si llega, tendrá que hacer auténticos milagros para sacar al buey de la barranca. ¿No sería mejor que coopere desde ahora?
Editorial 






